Histerias de la Conquista


SOBRE LA MUESTRA

 

La obra Histerias de la Conquista promueve el sentido escenográfico y ampuloso de gran parte de la de Migliorisi, así como la actitud mordaz ante el formato epicista y canónico y las simplificaciones y mistificaciones de la Historia, la escrita con mayúscula. La obra comprende grandes cubrecamas acolchados que penden de un espacio cuadrangular, tapizando casi sus paredes. Migliorisi ilustra cada una de estas cubiertas de cama dibujando ciegamente sobre ellas los motivos; rellena después el interior de los diseños y cose sus contornos de modo que las figuras así formadas adquieren tensos relieves. Los personajes y animales, los frutos y plantas, los extraños objetos que pueblan ese mundo hinchado se encienden luego con pinturas intensas, con dorados y tonos fluorescentes. O se apagan con oscuridades de abismo o de eclipse total. Después se aderezan con botones de nácar, lujosos bordados populares latinoamericanos y otros ornatos y perifollos que definen un aire de boato y pompa o un clima de fiesta y de disfraz. O de simulacro. Los edredones lucen enmarcados por falsas molduras impresas fotográficamente sobre sus propios soportes. Estos marcos rematan la idea de opulencia, auténtica o postiza: representan frutos y frondas tropicales, lujosos adornos indígenas de pluma o dorados relieves barrocos.

 

La obra tematiza ciertos lugares comunes de la historiografía oficial: los mitos del buen salvaje y el conquistador bizarro, los paradigmas de la ubérrima tierra nueva y el barroco natural de América. El artista trata con irreverencia estos temas; pero lo hace también con cierta dosis de complicidad: a veces termina enredado en las historias que satiriza y sabe disculpar la trivialidad y celebrar el kitsch; sabe valorar sus aristas agudas y descubrir los accesos severos que abren lo cursi en algún momento de sus derroteros espurios. “Lo real maravilloso” fetichizado, el exotismo macondista, el prototipo de lo mágico entrañable latinoamericano son representados a través de una iconografía que parte de la visión de los primeros cronistas europeos y despliega apuntes y mapas, registros de geografías sofocantes, catálogos de faunas y floras delirantes.

 

Cubierto de plumas y de pinturas, morador de una mundo repleto de quimeras y bestias imposibles, el indígena es visto como el ideal de lo radicalmente otro. Pero también como proyección de la figura propia expulsada del paraíso: los caciques y las cautivas guaraníes aparecen figurados como los rasgos de quien los retrata desde Europa, de quien profundamente no puede ver lo diferente. Son rubicundos y rollizos y lucen todos pellejos claros y afectados ademanes de actores de opereta, de personajes de vaudeville ligero. Y el juego de este doble simulacro permite que se cuelen contenidos enmascarados por una visión idílica del “encuentro cultural” o una mirada apocalíptica del conflicto; tiene la parodia muchas veces la posibilidad de rozar de sesgo alguna verdad furtiva y nombrar la feroz naturalidad con que la historia oficial registra y enmascara y la paradoja de que, al hacerlo, deja abierto un flanco que permita vislumbrar sus reveses y entrever el enigma de sus silencios tantos.

 

Ticio Escobar