Resiliencia

Septiembre 2020

Sólo perduran en el tiempo las cosas que no fueron del tiempo. Jorge Luis Borges. Desde hace unos años Daniel Mallorquín (Asunción, 1984) viene realizando piezas conceptuales (bidimensionales y objetuales) mediante telas o papeles y tapas de libros con huellas de fuego, humo, hollín, carbonilla, agua, barro, sangre, cera, ensamblaje de elementos curativos, así como pieles secas y tratadas de animales, moldeadas y/o intervenidas

Daniel Mallorquín

Sólo perduran en el tiempo las cosas que no fueron del tiempo. Jorge Luis Borges. Desde hace unos años Daniel Mallorquín (Asunción, 1984) viene realizando piezas conceptuales (bidimensionales y objetuales) mediante telas o papeles y tapas de libros con huellas de fuego, humo, hollín, carbonilla, agua, barro, sangre, cera, ensamblaje de elementos curativos, así como pieles secas y tratadas de animales, moldeadas y/o intervenidas. Este artista, sensibilizado a partir del incendio del supermercado Ycuá Bolaños en agosto de 2004 –la mayor tragedia civil ocurrida en nuestro país en los últimos tiempos–, busca, a través de sus planteamientos artísticos, subrayar esa angustiosa e injusta realidad acontecida profundizando en ella la experiencia de aquello irreversible –que no debemos olvidar– y mostrando sus diferentes aristas. Mallorquín sabe igualmente que, si bien el fuego sugiere la idea de destruir el tiempo y la materia –llevándolo todo a su final–, es, también, para los alquimistas –como para diversas culturas– un agente de transformación, pues todas las cosas nacen del fuego y a él vuelven. Por tanto, su simbolismo puede adquirir el sentido ambivalente o mediador entre formas en desaparición y formas en creación. Podríamos decir que justamente a partir de aquella situación dolorosa –que pudo haberse evitado–, su obra viaja desde la imposibilidad, vadeando por la pérdida de coordenadas en la que constantemente naufragamos, hasta plantear un intento de sujetar y dar coherencia a nuestro mundo, que, por momentos, nos resulta insostenible, inadmisible. Especialmente con la muestra que presenta ahora, titulada Resiliencia –nombre tomado de una de las obras exhibidas–, Mallorquín busca, a través de cada trabajo, encontrar nuevos puntos de anclaje a sus concepciones en torno a nuestras fragilidades e impedimentos ante el poder del fuego, en particular, y ante la incertidumbre y el padecimiento contemporáneo, en general.

El artista introduce, además, un nuevo valor al recorrido de la muestra: el olor que sutilmente desprenden las pieles que fueron utilizadas en esta oportunidad. En Proyecto para embaldosar un inmueble expropiado (2010-12), Mallorquín yuxtapone rectángulos de pieles crudas para formar en el suelo un rectángulo mayor. En este caso, las uniones en los vértices son también pieles pero quemadas. El sistema, la figura, la textura y el tamaño de los propios materiales son los que determinan la repartición visual y espacial, casi de carácter musical –campo en que el artista profesa como docente– y que parece extenderse indefinidamente. Asimismo, cada parte de esta obra constituiría la misma proporción de la totalidad, y aunque singulares, ninguna de las partes reclamaría más atención que otra. Las series Imagorandum I y II (2012) están compuestas por fracciones de piel, planteadas en mediano formato e intervenidas por el artista: las pieles de la primera serie fueron maltratadas, estiradas y cortadas; las de la segunda, calentadas y remarcadas. Estos trabajos nos hablan del recuerdo obligatorio que impone la imagen del trauma y del artista como alquimista, auténtico transformador de la materia. Con la obra Resiliencia (2012), de formato más escultural, instala un grupo de cáscaras-contenedoras hechas en piel, que han adoptado exteriormente la forma de unas sillas pequeñas que aquéllas llegaron a cubrir. Nuevas estructuras-apariencias conseguidas gracias al vapor de agua: virtuales asientos para niños ausentes que, mientras acogen una luminiscencia latente, nos sugieren una espera casi interminable. Al igual que la fundamentación de la propia resiliencia psicológica, esta concepción artística es una representación de vencimiento espiritual tras largos períodos de dolor emocional. En otro escenario, y de manera notable, se muestra Autoscopia (2012); una obra múltiple en que los autorretratos parecen instantáneas impremeditadas.

Su condición de apariciones o proyecciones psíquicas de estados internos está subrayada por las sugerentes imágenes conseguidas con impresiones del propio rostro del artista sobre papel ahumado, así como por el complemento gráfico-pictórico de la rifocina (rifamicina S. V.), que acabó evaporándose del soporte. Estos rostros inquietantes expresan anhelo, desasosiego, letargo y súplica. Hay, evidentemente, ciertos elementos de teatralidad en la representación que Mallorquín hace de estas apariencias espectrales como sombras. Ellas convocan variados niveles de interpretación, como si fueran semblantes a la vez penosos, fascinantes y equívocos. Su marcada expresividad es fruto de la tensión entre lo mostrado y lo ausente, lo escondido y lo implícito. Sin embargo, la pieza Capnograma (2012), que es un lienzo totalmente cubierto con marcas de carbonilla, alude, por un lado y a través de su propio título, a la representación gráfica de la onda de anhídrido carbónico (CO2) durante el ciclo respiratorio; y, por otro lado, a un sudario majestuoso sobre el que están hilvanadas unas gasas que dejan leer, en conjunto, la palabra UMPERMERCA –también en carbonilla–. Este recurso de la escritura inconclusa nos hace reflexionar sobre nuestra sociedad capitalista, en la que impera la economía del gasto y todo se vende, pero donde “la palabra” no se gastaría, ya que su caudal es infinito. Al decir de Emilio Velasco, “la palabra es como un don, un acontecimiento que se sitúa fuera de la lógica del avaro.

El negocio de la palabra es estar fuera del negocio; no es intercambiable y no puede buscar una continuidad, menos una totalidad, porque ella es inabarcable, irreductible; es, a la vez, movimiento del abismo, movimiento de la continuidad”. Por último están los trabajos que integran la trilogía Sinónimo (2012) y que, al igual que los de la serie Imagorandum, fueron realizados en piel, aunque en este caso son en gran formato y encarnan renovadas texturas manipuladas y perforadas por el artista, como si fueran nuevas pieles que rebrotan tras la quemadura. Sabemos que la sinonimia es la relación semántica de semejanza de significados entre ciertas palabras. De manera analógica, estas piezas actuarían como sinónimo de todo lo expuesto en cada serie de la muestra. Serían, finalmente, espejos de significación conjunta y de una voluntad improbable de volver al pasado, pero sí posible de contribuir al futuro desde el presente. Así, con esta trilogía se plantea una especie de lugar intermedio entre la res cogitans (pensamiento) y la res extensa (cuerpo) de Descartes: una representación tentativa e ilusoria del mundo en el alma y del alma en el mundo, que pueda perdurar en el tiempo. Podríamos concluir diciendo que Mallorquín se ha propuesto como misión del arte, de su obra, rehacer la realidad traumática y sujetarla, aunque de modo transitorio, forjándola conceptualmente en el espacio y en nuestra conciencia. Es en ese sentido que esta muestra consigue abrirse hacia nuevos campos que, desde los problemas de aprehensión del mundo y lo ontológico, se deslizan para plantear cuestiones de responsabilidad, humanidad y compromiso con aquello que nos rodea, ligando, de manera simbólica, arte y ética. Alban Martínez Gueyraud

Fotografía Bruno Ferreiro